Me llamo Laura, aunque durante años he sido nombrada como “La reina de las dislexias”. De niña arrastraba la dislexia, la discalculia y la dislalia, como losas que no me permitían avanzar.

Pero con los años conseguí ver que, de mi talón de Aquiles, nacieron algunas de mis mayores cualidades.

Tener que estudiar el doble para llegar a la mitad, me enseñó que el esfuerzo y la constancia eran mis aliados y, en parte gracias a ellos, conseguí terminar la ESO, el Bachillerato, el CFGS de integración social, el Grado de educación social, el Grado de trabajo social y el Máster en intervención socioeducativa en infancia y adolescencia.

Después de haber cruzado tantas metas, en este punto de mi camino, hay quien me anima a ir a por el Doctorado. Aunque he de decir que, no siempre he recibido palabras de ánimo.

“El instituto es una carrera de fondo llena de obstáculos.”

Mi profesora de repaso.

Recuerdo cuando mis padres, cansados de escuchar que yo era perezosa y que no prestaba atención, decidieron llevarme a un centro especializado en dificultades de aprendizaje. En aquel momento era uno de los centros con mejor reputación en Cataluña.

Yo era solo una niña, pero aquellas visitas las tendré grabadas de por vida. Entré en aquel centro llena de ilusión, esperando encontrar la comprensión y la ayuda que necesitaba. Pero salí con un montón de etiquetas y un informe que decía que difícilmente sacaría la ESO. Estoy convencida de que, de haber seguido las pautas y adaptaciones que acompañaban a ese informe, hoy en día sería analfabeta.

Salí llorando desconsoladamente, explicándole a mis padres, que esas personas no me conocían de nada, que solo me juzgaban por mis dificultades sin tener en cuenta mis capacidades y potencialidades.

Por suerte, mis padres me escucharon y me dieron la comprensión y la confianza que necesitaba. Aceptaron respetar mi deseo de no hacer caso de las recomendaciones del centro siempre que no repitiera curso y, por suerte, jamás repetí.

Testimonio de Laura.
Recuerdo de mi profesora de repaso.

En ese momento, me propuse un objetivo que mantuve en secreto durante años: quería llegar a la universidad, finalizar una carrera y escribirles una carta. Al principio, mi deseo era demostrarles el gran error que habían cometido conmigo, pero con el tiempo, pasó a ser que ningún niño o niña volviera a pasar lo mismo que yo.

Con los años, fui sumando personas, a las que enviaría esa carta. Y acabé con una interminable lista de profesores, compañeros y demás personas que alguna vez me transmitieron “los 5 no”: “no eres”, “no puedes”, “no sabes”, “no podrás” y “no serás”.

Para demostrar mi validez, al mundo y a mi misma, comencé a coleccionar títulos, hasta el punto de que no veía el momento de dejar de estudiar. Pero este verano, he ganado el premio Ignacio Ellacuría de excelencia académica entre tres universidades españolas con mi TFM y supe que había llegado el gran momento.

Me senté delante de una página en blanco, preparada para volcar todo lo que había querido decir en los últimos 20 años y, de pronto, me di cuenta de que mi objetivo estaba mal formulado.

No quería escribir a aquellas «personas-piedra» con las que había tropezado en mi camino, sino a esas «personas -linterna» que me habían alumbrado como un faro, para que pudiera llegar hasta donde yo me había propuesto llegar.

En ese momento supe, que lo que quería era demostrar mi gratitud a esa otra lista de personas que tanto me habían ayudado: mi familia, por su confianza incondicional; mis amigas, aquellas que leían en voz baja para que yo lo pudiera repetir en fuerte y así evitar las burlas de los demás compañeros; mi logopeda, por todos esos sábados en los que me enseñó a leer en diagonal para ganar tiempo o a practicar la R con Boca-bits; mi profesora de repaso, que durante 10 años me ayudó a buscar nuevas formas de aprender (resumiendo con dibujos, aprendiendo con canciones, usando la grabadora para que pudiera estudiar en casa….); mi pareja, por entender la importancia que le doy y las horas de dedicación a los estudios y al trabajo… ¡Y a ti, Luz Rello!

Recuerdo el día en que encontré un artículo publicado en el País que decía “Hay que salir del armario de la dislexia”. En ese momento pensé, “qué fácil es sacar a otros de la sombra”, y me sentí indignada. Pero luego, al leer tu historia, era como estar leyendo mi propia historia. Me sentí identificada y comprendí que tu historia o la mía, son las historias de tantos y tantas y que pueden servir de luz para iluminar el camino a los que más lo necesitan.

Espero que sumando historias, consigamos cumplir nuestras misiones: 

“Que la dislexia deje de ser un trastorno oculto”, y que “ningún niño o niña tenga que pasar por lo que he pasado yo”

Laura.